18 de junio de 2013

¿Por qué no escribo mi primer libro?

Porque es demasiado lo que tengo que decir, y no sé si seré capaz de resumirlo, además los carros pitan mucho, no me concentro, llego muy cansado del trabajo...

Porque hace calor, porque hace frío, porque no tengo ganas, porque hay ruido, porque no saco tiempo o pierdo mucho mí tiempo. Por mil cosas, menos por no tener temas.

“Mi hermano (QEPD), que siempre me veía derramando sartas de poemas ocasionados hasta por el más insulso amor, se quejaba de que a él no le salían ideas, que era muy “cerrado”, decía. Sin embargo, en algún momento escribió un par de guiones cortos que hoy sus amigos entrañables del gremio quieren convertir en cortometraje.
Pero ese corto quizá sea por amaño o cortesía, pues para historia su vida misma: un hombre grande (1.85 mts y 83 kilos), robado varias veces por los ladrones comunes del centro de Bogotá, que correteó ladrones, que atrapó ladrones. Un hombre que vendió arepas y pizzas, aguantó hambre tras un sueño: el de participar como actor en la televisora nacional; y lo empezó a intentar dejando a su familia e hijo en Cali. Que contó cuentos en los buses para ganarse la vida, al lado de sus amigos de aventuras, que cerró faenas en noches frías con largas caminatas y un solo café. Luego tuvo otros dos hijos en Bogotá sin mediar la situación, con una esposa del tamaño de la mitad de su estatura.

Un hombre con perfil de galán y, según sus amigos, excelente actor, digno de cualquier papel protagónico, estudioso y laborioso, que hizo talleres de dramaturgia y dirección, que acumuló como experiencia cantidad de papeles secundarios y extras; lo máximo que obtuvo al final de este camino, fue una grosera propuesta de parte de un director de televisión (y digo grosera no por el aspecto homosexual sino por el vil chantaje). Mi hermano, un gran actor que no logró despojar de su libreto a “terriblemente malos” actores, amigos o familiares de la “rosca” televisiva capitalina.

Entonces más bien se decantó, este luchador, como realizador de televisión, lo que le valió la contratación por parte de RCN. Desgraciadamente por poco tiempo, pues a poco de comenzar su carrera, yendo en su flamante moto nueva, en una curva de la carretera que de Bogotá conduce a Fusa, un camión cesó sus días.

Dejó un seguro que bien podría haber arreglado la vida de dos familias. Firmó una historia sin saberlo.”

En cada instante de nuestras vidas nace, transcurre o se cierra un cuento, una historieta. Mil historias se entrecruzan, unas duran un momento, otras, varias generaciones. A la vuelta de la esquina o partir del encuentro con un amigo nace una, si quieres, si la escribes. Sin embargo, una historia puede convertirse en paja sino desencadena una trama inquietante y cierra con un final demoledor. 

Porque la vida misma lo enseña y la literatura simplemente propone un lápiz, una hoja y un montón de ideas en desorden. 

Luego, aparte, vienen los maestros, como de otro mundo, que, por ejemplo, rompen cualquier lineamiento literario tradicional en una suerte de proezas narrativas y/o cronológicas y nos trasladan a la última línea de la historia en “par patadas”, sin ser consientes que se nos ha quedado la boca abierta. A esos los alcanzaremos en una dimensión desconocida conscientemente.   
        
No he escrito porque no se cual es el mejor momento del día para escribir. No escribo mi primer libro porque requiero un mes libre, con comida, hospedaje y deudas cubiertas, en una cabaña apartada. Para qué escribir mi primer libro si quizá ningún editor se interese y habré perdido mi tiempo. No lo haré porque me enfermo de la espalda, el café me molesta el estómago, estaría retirado muchos días de mi familia, me joderé la vista, no habrá mujer que me soporte. No escribiré mi primer libro por otras 80 razones que puedo argumentar, cada día pienso en las razones, hasta podría escribir un libro sobre ellas.

De hecho llevo 12 meses escribiendo un aburrido libro de marketing, y en el proceso se han desencadenado varios ramales de historias y personajes, no tan técnicas e industriales estas, no tan ortodoxos ambos. Pero algunos “desvíos” creativos podrían dejar perplejos a los guionistas de SAW y a los mismísimos desorbitados y razonablemente censurados serbios. Textos que me abruman, aturden mi mano escritora y frenan varias de mis herencias. ¿¡Y no era un libro técnico, acaso!?

¿Has llegado a llevar la pluma a un sitio donde te sorprendas a ti mismo?
Si la respuesta es sí, entonces, déjame decirte, amigo, que aunque no hallas escrito el primer libro, “eres un escritor” Solo que de una especie rara, algo así como “un novio que no se ha acostado con su chica”.

No basta con que estés sin trabajo y decidas aprovechar el tiempo, que es un lujo (el lujo de los millonarios no está en la abundancia económica sino en el caudal de tiempo que poseen). Las musas no te visitarán por lo vago, pero tampoco por lo juicioso y ocupado. Las musas ni siquiera dependen de lo demacradas que tengas las neuronas ni, por el contrario, de la vitalidad de estas. Yo diría que las musas hacen la visita al escritor de turno a su antojo, y tienen preferencia por el autor que cambió sus noches  y días de diurnidad y nocturnidad, por sesiones de vigilia extendida y de noctambulismos desmedidos. Cerebros que, libres de toda necesidad típica, entregan cuerpo y alma del escritor a una natalidad de historias que mezclan su truculencia con la de ellos mismos. 

Son más bien un poco ciegas, las musas, se dejan llevar solo por la chispa pero te acompañan hasta que tu frente caiga estrepitosamente sobre tu antebrazo o sobre el teclado, dormido o muerto.

No puedo escribir por 100 razones que mi mente se empeña en ofrecer como disculpa.
  
Haruki Murakami, exitoso escritor japonés, decía: “Hace falta fuerza física, literalmente, para abrir y cerrar la puerta”, refiriéndose a la necesidad que él tenía, pero tampoco le resultaba sencilla, de abrir y cerrar la puerta de su estudio “y la puerta mental”. La proeza de separar esos personajes y avatares, historias, en su mundo apartado y mantenerlos reservados para cada día.

Escritor, entonces, ¿qué haces con la sensación? ¿Qué haces con las musas que comparecen, les dices que vuelvas más tarde?

De la misma manera en la que no sería lógico que aspiráramos como pintores a colgar nuestra primera pintura en el Museo Louvre, tampoco es lógico que deseemos publicar satisfactoriamente nuestro primer escrito. Es paja que el escritor anhele.

Y no creas que hemos avanzado en las deducciones, no creas que te voy a hacer un aporte, al acercarnos a este pie de página, no soy un escritor; recuerda que esta es una muestra, ínfima, del por qué yo no escribo mi primer libro. Muestra de la cual solo queda una única, y asoladora, enseñanza: cuando logre escribir mi primer libro, incluso si la suerte me fuera prominente en lo económico, solo habré alcanzado a amarrarme, con la más dura cadena, a un segmento de todas las historias y dificultades de mi vida.

Ales Gutiérres          

            

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